Un periodista detenido en pleno palacio presidencial, una entrevista incautada y posteriormente enviada de forma clandestina al periodista. Estos dos elementos ya convierten a la entrevista que le hiciera Jorge Ramos a Nicolás Maduro en una pieza digna de ser comentada.

Llueven las especulaciones sobre el cómo llegó de nuevo la entrevista a manos del periodista. Fue televisada con bombos y platillos este domingo 2 de junio por la señal de Univisión y colocada de forma amplia en las redes sociales.

¿Efectivamente se le hizo llegar alguien para perjudicar a Maduro? ¿O sencillamente se le hizo llegar a Jorge Ramos como parte de una estrategia de propaganda del chavismo? Sin duda, tras observar el vídeo Nicolás Maduro queda mal parado, ya que pierde los estribos, pero Jorge Ramos tampoco muestra sindéresis como periodista.

La entrevista, como técnica periodística, busca el diálogo. Incluso si se entrevista a un dictador. El sentido de una entrevista política es sacarle el jugo a la figura de poder. Hacerle preguntas difíciles, incómodas, pero es indispensable dejarle hablar. Que sea el propio entrevistado con sus respuestas el que se coloque la soga al cuello. No es papel del periodista asumir el rol de juez. Ya que no lo es, a fin de cuentas.

En Venezuela hemos tenido muchos entrevistadores incómodos, algunos incluso inquisidores. Sofía Ímber y Carlos Rangel hicieron levantarse de la silla a Teodoro Petkoff, si mal no recuerdo a fines de los años 70, en plena entrevista. Es que ustedes no dejan que uno hable, que uno responda, argumentó Teodoro y acto seguido batió el micrófono y se retiró del estudio. Se trataba de un programa en vivo.

Cuando Marta Colomina hacía entrevistas radiales en el Circuito Éxitos, en no pocas ocasiones recuerdo haber escuchado quejarse a los entrevistados con la frase: Marta, por favor, déjame responder. Esto lo decían al aire y era parte de la dinámica.

Se trata de un estilo. Ramos es de ese estilo del periodista incómodo. Se pueden hacer preguntas difíciles, que pongan en aprietos al entrevistado, pero una regla periodística es que en cualquier entrevista debemos dejar que el entrevistado hable. De eso se trata una entrevista.

La truncada entrevista entre Ramos y Maduro deja al desnudo lo que ya intuíamos. Un Maduro apoltronado en el poder, sin que nadie le cuestione, y por tanto sin saber cómo responder ante las preguntas incómodas.

Fue un error de Maduro haber aceptado esa entrevista. ¿Quién lo habrá decidido en Miraflores? ¿Jorge Rodríguez? Jorge Ramos es ampliamente conocido por ese estilo retador. Maduro no necesitaba exponerse, pero sin embargo aceptó la entrevista y cuando ya no soportó más la cortó.

Ni Donald Trump ni Nicolás Maduro quieren a Ramos, eso es en sí una señal clara de que tiene un estilo incómodo que desagrada a quienes quieren ejercer el poder libres de crítica.

Una oportunidad perdida

¿Quién o quiénes decidieron detener a Jorge Ramos y su equipo periodístico en el Palacio de Miraflores? No parece ser Maduro el que diera una orden de esa naturaleza.

Puede uno dudar si todo esto forma parte de una cadena de errores o si sencillamente en el propio entorno de Maduro hay personas que juegan a desprestigiarle. En esa dirección podría estar el vídeo difundido en redes sociales de un Maduro con los brazos en alto, saludando a unas multitudes inexistentes, cuando en realidad está parado solitario en una playa.

La entrevista en sí no aporta nada, salvo rasgos de las personalidades de ambos, tanto de Maduro como de Ramos. Y eso, a mi juicio, es una verdadera lástima. Pocos tienen la oportunidad de un encuentro cara a cara con un dictador; retarlo, enfurecerlo, no es la manera de lograr lo que se busca con cualquier entrevista: que el entrevistado hable.

Andrés Cañizalez 

Efecto Cocuyo

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